Laura Callizo

La ‘no acción’ de Javier Joven

Me gustaría reflexionar acerca de las posibilidades de este proyecto en cuanto obra artística y por ello en cuanto expresión y producción creativa. Con esto quiero decir que Javier Joven no deja de ser un artista realizando una obra, hecho que conlleva una creación activa, de aquí lo contradictorio de esta ‘no acción’; ¿qué es una no acción realizada en el seno de una producción activa?. Pretendo rechazar la idea de una obra artística que niegue la actividad, pues en el concepto mismo de ‘obra’ vive implícita etimológicamente la idea de laborar, trabajar, hacer… Por ello, hay dos caracteres intrínsecos de los cuales nunca podrá deshacerse la creación artística. Estos son la intencionalidad y la actividad. Aunque ésta última pueda verse reducida a su mínima expresión -como ocurre el caso de los ready-made de Duchamp-, siempre conserva, entiendo, cierta actividad, aunque sea en el simple hecho de una deixis. De aquí que la oposición a dichos caracteres suponga una actitud negadora del arte, de tal modo que el verdadero arte de la ‘no acción’ consistiría en un arte irrealizado y por tanto inexistente.
Esta crítica no pretende negar las posibilidades del arte performativo propuesto por Javier Joven, sino enfocarlo hacia las potencialidades que en ella podemos percibir. Esta ‘no acción’ propone un cuestionamiento. En cuanto presenta un discurso que engendra problemas en su recepción, resulta evidente que del visionado de estas obras surge en el espectador cierto desconcierto, producto del cuestionamiento que en su juicio produce la obra. Consigue descubrir algo molesto entre el público, el cual se encuentra en constante oscilación entre el rechazo o la aceptación.
Quizás este cuestionamiento tenga que ver con el abandono de las pretensiones funcionales y la intencionalidad práctica de la obra artística. Lo que puede ser reivindicado por tanto no sería la ‘no acción’ sino más bien la ‘inutilidad’: la pretensión de desligar el arte y el espectáculo del pragmatismo que la sociedad le impregna en aras de un arte más libre, que no deba entretener o mostrarse bello, que no sea divulgativo sino que muestre una realidad distinta. Una crítica de este tipo se puede reflejar en un “hacer algo” que no lleve a nada, como nos propuso una vez el artista Francis Alÿs y en esta ocasión, a su modo, Javier Joven, con su estatismo en la obra de No acción nº 2.

Así mismo, en este estatismo podríamos apreciar un guiño a la estrecha relación entre el medio fotográfico y el vídeo. Resulta contradictorio ver en un filme una imagen que parece reiterarse cada momento, algo así como un fotograma repetido. Este recurso supone una forma de jugar con el tiempo lógico y cuestionar la habitual imagen en movimiento del cine. La exigencia técnica del rodaje propia de este medio se oculta en una imagen estática, la progresión del tiempo solo es visible en el caso de la grabación que es acompañada con música, en el momento en que la figura aparece y el momento en el que se va. Nada sabemos de la duración del acto, ni si algo va a ocurrir entre medias; el vídeo rompe con nuestras expectativas y las deshace, parece una grabación eterna, no hay suspense ni trama, y en este desaparecer del argumento nace su eficacia -al igual que el happening nos hace sentir molestos con nuestra forma de ver, nuestra tendencia al desarrollo argumentativo, el cual descubrimos como prejuicio anclado en el inconsciente de nuestra mirada-.
Esta obra podría cuestionar así mismo la producción artística inmersa en el flujo de la industria cultural. El arte está en crisis y el artista (representado en la imagen estática) permanece quieto ante esta visión horrible en que la sociedad recurre a medios artísticos y de espectáculo para su cometido de producir subjetividades. A través de la creación de un discurso la sociedad toma el control de los cuerpos, los cuales son transformados en sujetos con unos deseos concordantes con la perpetración de un sistema en el que la vida ya no es vivida sino a través del espectáculo, es reducida al “movimiento autónomo de lo no viviente”(1). Esta no acción podría ser muestra de la “no vida” que se desarrolla en la representación social, mera copia de la realidad que hoy es tomada por sagrada.
El espectáculo muestra con imágenes la vida social de esos cuerpos mediatizados, es una visión del mundo que se ha objetivado convirtiéndose en una falsa realidad. La forma y el contenido del espectáculo son de este modo idénticos a la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. La representación es independiente de la actividad de los hombres, actúa por y para sí, y en ella la figura humana ha sido objetualizada. Los sujetos observan una irrealidad espectral que toman como real y así “cuanto más contemplan menos viven, cuanto más aceptan reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad menos comprenden su propia existencia y su propio deseo”(2).  Esta condición del hombre objetualizado por la representación de los medios artísticos podría ser representada por la imagen del hombre estático, encapuchado, sin vida ni identidad que ha sido reducido a un número entre las estadísticas y no lucha contra ello. Es un terrorista con pasamontañas que atenta contra sí mismo, aceptando con su papel el juego de la representación. Retomar los medios de las manos institucionales para devolverlos al espectador y que así éste pueda realizar su realidad individual podría ser la potencialidad de esta performance, que trata de exceder lo permitido por esta industria en el espacio público y ahondar así en el mundo de lo posible donde “se reivindica el derecho del hombre a la vida psíquica” (3).

 

Laura Callizo, Zaragoza, 2015

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Notas:

  • 1. Debord, Guy, La sociedad del espectáculo, Pre-Textos, Valencia, 2003, §2
  • 2. Op. Cit. § 30.
  • 3. Aznar, Sagrario, Arte de acción, Nerea, Hondarribia, 2000, p. 85.
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